De vender títeres en Canarias a dar la vuelta al mundo sobre dos ruedas entre guerras y cárteles : «Conmigo la gente mala se transformaba»

Imagen cedida por Fernando Valsesia.

«Si hubiese sabido las dificultades que me iba a encontrar, quizás no habría seguido».

Todos tenemos sueños de infancia. Por cultura, ascendencia familiar u otros factores. Siempre aparecen. Unos están y no se cumplen y otros se realizan gracias a historias inverosímiles que pulsan la tecla de «la realidad, a veces, supera a la ficción».

Podría encajar perfectamente con la vida del argentino Fernando Valsesia, que comenzó con los cuentos aventureros de sus padres; viajaron a Chile en moto; y continuó con una promesa: «daré la vuelta al mundo sobre dos ruedas».

Imágenes cedidas por Fernando Valsesia.

Cuando prometió a su padre ser un trotamundos, Fernando no imaginaba que antes tendría que irse de Argentina, empezar de cero infinidad de veces en España, sobreviviendo gracias a la venta ambulante en Canarias.

En una entrevista a Radio MARCA Tenerife, Valsesia recordó una aventura que se prolongó durante siete años, le hizo visitar más de cuarenta países y recorrer cerca de 280.000 kilómetros, atravesando guerras, revoluciones y desiertos con una premisa: «El mundo está lleno de gente buena».

«El mundo está lleno de gente buena»

El punto de partida, la «situación complicada de Argentina». Provocó que Fernando tuviera que poner pies en polvorosa y junto a un amigo dejar atrás su casa para recalar en Mallorca «sin un centavo». Eso hizo que el ingenio de supervivencia le adentrara en las artes de la venta ambulante: «Vendí periódicos, limpié cristales, vendí títeres…», recuerda.

Tras una separación matrimonial decidió empezar otra vez desde cero. Buscó cual era el lugar más alejado de España y acabó instalándose en Gran Canaria, desde donde comenzaría su viaje por el mundo.

Gracias a un club de motoristas compró una Honda Pan European de segunda mano por un precio muy inferior al habitual. La bautizó «Elisa», en homenaje a sus padres aventureros, Elio e Isabel.  El 28 de junio de 1995 embarcó desde Gran Canaria rumbo a la Península. En el bolsillo llevaba únicamente 15.000 pesetas, unos noventa euros, que le sirvieron para «vivir dos días».

No existían teléfonos móviles, GPS ni Google Maps. Tampoco hablaba otro idioma que no fuera español. Su plan para sobrevivir era sencillo: si había conseguido vivir recorriendo pueblos de Canarias como vendedor ambulante, podría hacerlo también en cualquier otro lugar del mundo.

En el bolsillo llevaba únicamente 15.000 pesetas, unos noventa euros de hoy en día, que le dieron para «vivir dos días»

De fiestas populares a trabajos temporales, Fernando fue recorriendo Europa: Portugal, Francia, Inglaterra (etapa fundamental donde aprendería el inglés), Grecia y Turquía. Fue en Estambul donde los miedos y grandes dudas aparecieron por primera vez. Cruzar el estrecho del Bósforo y sumergirse en la aventura de Oriente Medio o poner punto y final: «Lo hice unas diez veces y siempre volvía». Hasta que dio el paso definitivo, y con él la incertidumbre.

No tenía Internet para consultar información. Preparaba cada movimiento visitando consulados y embajadas, conversando con viajeros en albergues juveniles y dibujando mapas improvisados: «Iba un poco a la deriva, si hubiese conocido las dificultades que me iba a encontrar, quizás me lo hubiese pensado mejor.»

«Iba un poco a la deriva, si hubiese conocido las dificultades que me iba a encontrar, quizás me lo hubiese pensado mejor»

Su recorrido inicial por Oriente Medio coincidió con algunos de los conflictos bélicos más delicados de finales de los noventa. Atravesó el Kurdistán en plena guerra con El Líbano y más tarde quedó atrapado en una revolución civil en Pakistán.

En Turquía un viajero alemán homólogo; también iba en moto; intentó convencerle de que regresara: «La situación era muy complicada, pero no le hice caso y tampoco quiso acompañarme porque temía por su vida», recuerda Fernando con una sonrisa ajena al paso del tiempo.

En numerosas ocasiones, soldados armados lo detenían apuntándole con sus fusiles mientras le preguntaban si era estadounidense. Todo cambiaba cuando abría el pasaporte: «Quería demostrar rápido que era argentino y no americano».

Fue cuando un nombre paisano le empezaría a abrir numerosas puertas, Diego Armando Maradona: «Yo no era mucho de fútbol y ahí entendí que era el personaje más conocido en la historia de la humanidad».

Así que ser argentino terminó convirtiéndose en una ventaja inesperada y alentadora: «A un americano probablemente lo hubiesen matado». Los soldados pasaban de una actitud hostil a ofrecerle té, dibujarle mapas a mano o indicarle cuáles eran las rutas más seguras para abandonar las zonas de guerra.

Fue cuando un nombre paisano le empezaría a abrir numerosas puertas: Maradona: «Ahí entendí que era el personaje más conocido en la historia de la humanidad»

Uno de los episodios más dramáticos llegó en Pakistán. La falta de un documento aduanero provocó que las autoridades le confiscaran la moto y le asignaran un soldado armado para expulsarlo hacia la India: «No me dejaban regresar a Irán y me convenía continuar».

Durante doce días recorrió el país acompañado permanentemente por militares mientras escapaban de manifestantes, sufrían caídas y eran perseguidos entre disparos y carreteras de tierra. En una de aquellas huidas uno de los soldados se fracturó un pie. Fernando logró finalmente refugiarse en la Embajada Argentina antes de continuar el viaje.

Continuó por Asia, Oceanía y América, donde comprendió que la gente mala «se hace por circunstancias». En Colombia fue retenido por la guerrilla y una pegatina del Che Guevara colocada en su célebre compañera de aventuras hizo que los guerrilleros cambiaran completamente de actitud. Terminó compartiendo comida con ellos, al igual que en México con los cárteles de droga de Culiacán: «Conmigo la gente mala se transformaba, quizás por mi apariencia llamativa».

Después de recorrer cuatro continentes, Fernando extrajo una conclusión que se llevaría para siempre: «El mundo está lleno de gente buena.»

«Conmigo la gente mala se transformaba, quizás por mi apariencia llamativa»

Aunque visitó más de cuarenta países y reconoce que Australia y Brasil fueron algunos de los lugares donde mejor se sintió, hay un rincón que continúa ocupando un lugar especial: «Me marcó España. Me enamoré de Canarias.»

Ahora, años después de completar aquella aventura que cambió su vida, Valsesia dedica parte de su tiempo a reescribir el diario que fue redactando durante el viaje «en los momentos en los que tenía que reparar la moto».

Todavía no sabe si acabará convirtiéndose en un libro. Lo que sí tiene claro es que aquella vuelta al mundo fue mucho más que una expedición. Fue, como él mismo escribe en sus memorias, «una escuela de vida que cambió para siempre su manera de entender a las personas y al propio mundo».