Agustín Adasat compra la histórica enseña nacida en JSP para escribir un nuevo capítulo donde comenzó la historia de su propia familia
Hay operaciones empresariales que se explican con números. Y hay otras que solo se entienden desde la memoria.
La compra de la marca Celgán por parte del joven empresario tinerfeño Agustín Adasat Rodríguez Domínguez pertenece a este segundo grupo. No es únicamente la adquisición de una enseña comercial. Es, sobre todo, el regreso a casa de un nombre que marcó la vida de miles de familias canarias… incluida la suya.
Su padre fue trabajador de Celgán, integrada durante años en el grupo JSP. También otros familiares desarrollaron allí buena parte de su vida laboral. Mientras para miles de canarios Celgán era el yogur del desayuno o el postre de la merienda, para Agustín era, además, el lugar donde su familia construía su futuro.
Años después, con apenas una treintena de años y tras desarrollar su trayectoria empresarial con El Funkito, S.L., vinculada a proyectos de comercio electrónico y retail, ha decidido dar un paso que mezcla empresa, identidad y emoción: recuperar una de las marcas más emblemáticas de la industria alimentaria del Archipiélago. La adquisición comprende los derechos comerciales de Celgán, aunque no las antiguas fábricas ni la infraestructura industrial.
El reto no es menor. Celgán sigue ocupando un lugar privilegiado en la memoria colectiva de Canarias. Sus yogures, natillas y productos lácteos acompañaron durante décadas a varias generaciones hasta la desaparición del grupo JSP, que supuso uno de los mayores golpes industriales vividos por el Archipiélago.
Ahora comienza una etapa completamente distinta. El objetivo pasa por adaptar la marca a los nuevos tiempos sin perder aquello que la convirtió en un referente para miles de consumidores. Las primeras reacciones en redes sociales demuestran que el recuerdo permanece intacto y que existe una enorme expectación por volver a ver el nombre de Celgán en los supermercados.
En un tiempo en el que muchas empresas históricas desaparecen para siempre, la historia de Agustín Adasat ofrece una imagen poco habitual: la del hijo de un trabajador que, años después, regresa para intentar devolver la vida a la empresa que marcó a su familia.
Más que una compra, es una declaración de intenciones. Porque algunas marcas no solo forman parte del mercado. También forman parte de la memoria de un pueblo.