El Editorial del domingo en La Gaceta: Canarias, Ceuta y Melilla: tan España como Madrid

Hay frases que se pronuncian sin mala intención, pero que delatan un profundo desconocimiento de la realidad de nuestro país.

A muchos canarios nos ha ocurrido alguna vez. Al viajar a la Península, alguien nos pregunta con absoluta naturalidad: ”¿Qué tal por Canarias? Aquí, en España, todo bien.” La conversación continúa como si nada, pero durante unos segundos uno se queda en silencio pensando: ¿cómo que aquí, en España? ¿Acaso Canarias no lo es?

Lo mismo sienten, en demasiadas ocasiones, quienes viven en Ceuta y Melilla. Son españoles. Tan españoles como quien vive en Madrid, Sevilla, Valencia, Zaragoza o Valladolid. Sin embargo, con demasiada frecuencia se les contempla como una realidad lejana, casi ajena, como si ocupar un mapa diferente les restara identidad nacional.

No ocurre solo con Canarias. También les sucede a nuestros compatriotas de Baleares, que conocen perfectamente esa sensación de que la España peninsular, muchas veces sin pretenderlo, olvida que el país no termina donde acaba la costa mediterránea o atlántica.

“España también empieza en Canarias, Ceuta y Melilla”

España es mucho más que la piel de toro que aprendimos en los libros. España también son ocho islas habitadas en el Atlántico, otras cuatro en el Mediterráneo y dos ciudades autónomas en el norte de África que llevan siglos formando parte de nuestra historia.

Por eso, desde La Gaceta de Canarias, queremos pedir a todos los responsables políticos, con independencia de sus siglas, que hagan un esfuerzo por educar y reeducar en esta realidad. No hablamos de ideología. Hablamos de cultura, de conocimiento y de respeto.

Porque el desconocimiento también construye prejuicios.

Los canarios sabemos bien lo que significa tener que reivindicar nuestra identidad. Durante muchos años hubo quien pretendió que nuestro acento debía esconderse para sonar más “correcto”. Parecía que hablar como hablamos en nuestras islas era poco menos que un defecto que había que corregir.

Afortunadamente, esa mentalidad empieza a quedar atrás.

Hace no mucho tiempo, el Cabildo de Gran Canaria lanzó una brillante campaña institucional reivindicando el “ustedes”, una forma de hablar tan española como cualquier otra y que forma parte de nuestra riqueza lingüística.

Y tampoco hace tanto, la Televisión Canaria hizo suyo un mensaje que resumía perfectamente esa idea durante las tres temporadas de retransmisiones de la UEFA Champions League: “Te lo contamos con acento canario”. Al frente de aquellas emisiones estuvo nuestro compañero Iván Bonales, que defendió con absoluta naturalidad una forma de comunicar que nunca entendió el acento como una barrera, sino como una seña de identidad.

No faltaron entonces quienes, incluso desde las propias Islas, criticaron aquella apuesta. Algunos canarios, paradójicamente, consideraban que poner en valor el acento canario era un error.

Se equivocaban.

Porque precisamente cuando uno se siente orgulloso de lo que es, conecta mucho mejor con el resto del país.

Canarias no es únicamente un destino de sol, playa, buen clima o carnaval. Canarias es ciencia, innovación, universidades, investigación, diplomacia, puertos estratégicos, empresas internacionales, deporte, cultura y talento que trabaja por toda España y por el mundo.

Y precisamente por conocer nuestra posición geográfica sabemos perfectamente lo que significa convivir con un vecino complejo.

Marruecos es un país extraordinario, con una enorme riqueza histórica, cultural y humana. Pero sus gobernantes han demostrado en demasiadas ocasiones que utilizan la presión migratoria o las reivindicaciones territoriales como herramientas diplomáticas. Esa realidad no puede ignorarse y supone un motivo de preocupación tanto para Canarias como para Ceuta y Melilla.

No se trata de alimentar enfrentamientos ni de caer en discursos xenófobos. Todo lo contrario.

Defender las fronteras de un Estado democrático no convierte a nadie en racista. Exigir respeto a la soberanía nacional tampoco.

Como ya defendíamos la pasada semana desde estas mismas páginas, España debe ser firme en la protección de sus fronteras. La firmeza democrática nunca debe confundirse con hostilidad.

Del mismo modo que el respeto no puede confundirse con debilidad. Ser un país abierto, dialogante y acogedor jamás puede interpretarse como una invitación a que se cuestione nuestra soberanía o se menosprecie nuestra posición.

En los últimos días, además, hemos asistido a una preocupante falta de unidad dentro del propio Gobierno. La ministra de Defensa, Margarita Robles, alertó públicamente sobre actuaciones relacionadas con Marruecos que, según diversas informaciones, también habían sido objeto de análisis por parte de los servicios de inteligencia. Sin embargo, posteriormente desde el propio Ejecutivo se rebajó el alcance de aquellas declaraciones, evidenciando una imagen de descoordinación en un asunto que exige exactamente lo contrario: una sola voz, claridad y firmeza institucional.

Porque cuando se habla de Canarias, de Ceuta o de Melilla no caben dudas ni mensajes contradictorios.

La historia también enseña.

Los fenicios fueron uno de los grandes pueblos navegantes de la Antigüedad. Recorrieron el Mediterráneo fundando colonias comerciales, impulsaron el comercio marítimo y difundieron uno de los alfabetos que acabaría influyendo decisivamente en la escritura occidental. Sin embargo, terminaron desapareciendo como potencia política al ser absorbidos por grandes imperios como el persa y, posteriormente, Roma.

Imaginen por un momento que hoy alguien reclamara Baleares porque hace más de dos mil años los fenicios comerciaron en aquellas islas.

Resultaría absurdo.

Tan absurdo como cuestionar hoy la españolidad de territorios que forman parte de España desde hace siglos.

Canarias, Ceuta y Melilla no necesitan que nadie les recuerde que son España.

Quienes deben recordarlo son quienes todavía, por desconocimiento o por costumbre, siguen creyendo que España termina donde acaba la Península.

No.

España continúa en Canarias, en Baleares, en Ceuta y en Melilla.

Y esa España merece el mismo respeto, la misma consideración y la misma defensa que cualquier otro rincón del país.

Porque no hay españoles de primera y de segunda. No hay acentos de primera y de segunda. No hay territorios más España que otros.

Solo existe una España plural, diversa y rica precisamente porque está formada por todos ellos.

Y quien todavía no lo entienda quizá necesite volver a estudiar el mapa. Pero, sobre todo, la historia de su propio país.