«Proteger para producir», por Víctor Portugués

Durante demasiado tiempo hemos enfrentado crecimiento y conservación como si fueran intereses incompatibles. La experiencia acumulada en Canarias demuestra que gestionar mejor nuestros recursos puede ser, además de una obligación ambiental, una extraordinaria estrategia económica.

Hay noticias que duran un día y otras que merecen quedarse un poco más en nuestra reflexión.

Esta semana se ha hablado de los aniversarios de las Reservas Marinas de Interés Pesquero de Canarias. La Graciosa cumple tres décadas desde su creación, mientras que La Restinga y La Palma representan también experiencias consolidadas de protección y gestión de nuestros recursos marinos. Gobierno de Canarias, Estado, científicos y pescadores han aprovechado este momento para analizar lo ocurrido durante estos años y, sobre todo, para mirar hacia adelante. De hecho, las administraciones ya trabajan en nuevas reservas y en reforzar la vigilancia de las existentes mediante nuevos medios y herramientas tecnológicas.

Puede parecer una noticia exclusivamente relacionada con la pesca o con el medio ambiente. Creo que es bastante más que eso.

Porque detrás de estas experiencias existe una lección económica que Canarias debería empezar a aplicar a muchos otros ámbitos: proteger un recurso y obtener valor económico de él no son necesariamente objetivos enfrentados.

A veces ocurre exactamente lo contrario.Gestionar mejor un recurso puede hacer que ese recurso produzca más valor durante más tiempo.

Y eso, en unas islas donde el territorio, el agua, la energía y muchos recursos son limitados, debería formar parte central de nuestra estrategia económica.

La economía de los límites

Canarias ha crecido durante décadas bajo una contradicción que cada vez resulta más difícil ignorar. Tenemos una economía abierta y dinámica, pero desarrollada sobre un territorio limitado.

Somos ocho islas habitadas, con una población superior a los dos millones de personas y una extraordinaria presión sobre determinados recursos. A ello se añade nuestra condición turística y nuestra dependencia exterior para buena parte de aquello que consumimos.

Nuestro futuro económico no puede basarse, por tanto, únicamente en utilizar más recursos. Tiene que basarse en obtener más valor de los recursos que utilizamos. La diferencia parece pequeña, pero económicamente es enorme. No se trata de consumir más agua, sino de reutilizarla mejor. No de generar más residuos, sino de convertirlos nuevamente en materias primas. No de utilizar más energía, sino de producir más valor con cada unidad de energía consumida.

No de explotar más el mar, sino de conseguir que cada actividad vinculada a él genere más conocimiento, empleo y riqueza sin deteriorar aquello que precisamente permite que esa actividad exista.

Eso también es productividad.

Quizá una productividad diferente a la que solemos medir, pero probablemente una de las más importantes para Canarias en las próximas décadas.

Tenemos una economía debajo del mar Hay un dato que merece mucha más atención de la que recibe.

La economía azul generó en Canarias 1.690 millones de euros de Valor Añadido Bruto en 2024, un 10,4% más, en términos nominales, que un año antes. Ya representa el 2,9% del PIB del Archipiélago y mantiene más de 21.100 puestos de trabajo, aproximadamente el 2,3% del empleo canario.

Estamos, por tanto, ante una realidad económica, no ante una posibilidad teórica. Pero cuando observamos de dónde procede esa riqueza aparece otra cuestión interesante.

El transporte marítimo representa el 36,6% del VAB azul y las actividades portuarias otro 33,2%. Entre ambas concentran prácticamente siete de cada diez euros generados por nuestra economía marítimo-marina. La construcción y reparación naval supone otro 10,6%. La pesca representa aproximadamente el 4%.

Esto tiene una lectura positiva: Canarias dispone de una economía azul consolidada. Pero también plantea una pregunta. ¿Cuánto potencial nos queda todavía por desarrollar?

Porque el océano puede significar mucho más que transporte, puertos y pesca. Puede significar biotecnología marina. Acuicultura avanzada. Investigación. Energías renovables marinas. Reparación naval especializada. Robótica submarina. Tratamiento y desalación de agua. Nuevos alimentos. Digitalización portuaria. Economía circular y servicios tecnológicos vinculados al océano.

Ahí puede estar una parte de la diversificación económica de Canarias que llevamos décadas buscando.

Del mar al conocimiento

Tenemos una ventaja que no deberíamos infravalorar. Canarias posee unas condiciones extraordinarias para investigar y experimentar soluciones relacionadas con el mar, la energía, el agua y los territorios insulares. Pero investigar no es suficiente. El verdadero salto se produce cuando el conocimiento llega al mercado. Cuando una investigación termina convirtiéndose en una patente. Cuando una patente se convierte en una empresa. Cuando esa empresa crea empleo.

Y cuando la solución desarrollada en Canarias puede venderse en Cabo Verde, Madeira, Azores, el Caribe, África o cualquier otro territorio que comparta problemas similares a los nuestros.

Ese debería ser uno de nuestros grandes objetivos. Convertir nuestras dificultades en conocimiento exportable.

Durante décadas hemos tenido que aprender a producir agua potable a partir del mar, gestionar sistemas energéticos insulares, resolver problemas logísticos derivados de la distancia, producir en mercados fragmentados y administrar recursos escasos. Ese conocimiento tiene valor.

El siguiente paso es convertirlo en economía. Canarias no debería aspirar únicamente a importar las tecnologías que necesita. Debería aspirar a desarrollar algunas de ellas y venderlas al mundo. Conservar también puede mejorar la productividad

Y aquí volvemos a las reservas marinas.

La experiencia acumulada durante tres décadas tiene una importancia que trasciende la conservación ambiental. El propio modelo de gestión se basa en la colaboración entre administraciones, profesionales de la pesca y comunidad científica; Estado y Canarias han reafirmado además que las futuras actuaciones se desarrollarán junto al sector y con respaldo científico.

Ese modelo contiene una enseñanza interesante. Cuando administración, ciencia y actividad económica dejan de verse como adversarios y empiezan a gestionar conjuntamente un recurso, pueden aparecer soluciones mucho mejores.

Y creo que Canarias necesita exactamente eso. No necesitamos más enfrentamientos entre desarrollo y conservación. Necesitamos mejor gestión.

Una industria que reutiliza parte del agua que consume no solo reduce su impacto ambiental. También disminuye su exposición al precio y disponibilidad de un recurso escaso.

Una empresa que utiliza residuos como materia prima no solo cumple objetivos ambientales. Reduce dependencia exterior y genera una nueva actividad económica.

Una explotación agrícola que incorpora sensores y tecnología para optimizar el riego no solo ahorra agua. Mejora su productividad.

Un puerto que electrifica determinados servicios, digitaliza operaciones y mejora la gestión de residuos no solo es más sostenible. Puede ser también más competitivo.

Un hotel que reduce consumos energéticos no está haciendo únicamente política ambiental.

Está reduciendo costes.

La sostenibilidad funciona cuando deja de percibirse como una obligación externa y empieza a incorporarse a la cuenta de resultados. Tenemos que cambiar también lo que medimos

Aquí creo que existe otra reflexión pendiente. Medimos extraordinariamente bien cuánto crece nuestra economía. Sabemos cuántos turistas llegan. Cuántos pasajeros utilizan nuestros aeropuertos. Cuántas personas trabajan.Cuántas empresas existen. Cuánto crece el PIB.

Pero quizá deberíamos empezar a medir con la misma atención otras cosas.

¿Cuántas empresas nacen de investigaciones desarrolladas en nuestras universidades? ¿Cuántas patentes generamos? ¿Cuánta agua reutilizamos? ¿Cuántos residuos industriales vuelven al proceso productivo? ¿Cuánto valor económico generamos por unidad de energía consumida? ¿Cuántas tecnologías desarrolladas en Canarias estamos vendiendo fuera? ¿Cuántos jóvenes investigadores terminan desarrollando su carrera profesional en las islas?

Porque aquello que medimos termina condicionando aquello a lo que damos importancia.

Y si queremos una economía diferente, probablemente tendremos que empezar a utilizar también indicadores diferentes.

Cinco decisiones

No creo que necesitemos inventar una nueva estrategia cada cuatro años. Canarias ya dispone de una Estrategia Canaria de Economía Azul 2030, articulada en seis ejes y elaborada con participación de administraciones, universidades, centros de investigación, empresas y agentes sociales.

Lo que necesitamos ahora es convertir las estrategias en resultados.

Yo concentraría el esfuerzo en cinco decisiones: conectar de verdad universidad, ciencia y empresa; facilitar financiación para que proyectos tecnológicos lleguen al mercado; utilizar Canarias como banco de pruebas de soluciones vinculadas al agua, energía y océano; incorporar la economía circular como oportunidad empresarial y no solo como obligación normativa; y medir anualmente los resultados en inversión, empresas, patentes, exportaciones y empleo cualificado.

Cinco objetivos comprensibles. Cinco resultados medibles. Y continuidad suficiente para saber dentro de diez años si realmente avanzamos. Porque el problema de Canarias rara vez ha sido la ausencia de estrategias.

Ha sido nuestra dificultad para convertirlas en transformaciones visibles. No tenemos que elegir Durante demasiado tiempo hemos planteado algunos de nuestros debates económicos como una elección. Economía o medio ambiente, empresa o conservación, crecimiento o sostenibilidad.

Creo que esa discusión empieza a estar superada.

El verdadero reto es bastante más ambicioso: conseguir que proteger nuestros recursos sea también una forma de generar riqueza.

Las reservas marinas canarias nos ofrecen estos días una buena excusa para reflexionar sobre ello. Treinta años de experiencia demuestran, al menos, que la gestión de un recurso natural puede construirse conjuntamente entre quienes viven de él, quienes lo estudian y quienes tienen la responsabilidad de administrarlo. Y ahora Canarias y el Estado plantean ampliar ese modelo y reforzar su protección.

Quizá esa filosofía pueda enseñarnos algo más. Porque nuestro futuro económico no dependerá solamente de cuánto produzcamos. Dependerá de cuánto conocimiento incorporemos a aquello que producimos. De cuánto valor consigamos obtener de nuestros recursos. Y de nuestra capacidad para hacerlo sin destruir aquello que precisamente nos permite vivir de ellos.

Canarias no necesita crecer contra sus límites. Necesita aprender a convertir esos límites en oportunidades.

Porque quizá el desarrollo más inteligente no sea consumir cada vez más de lo que tenemos, sino conseguir que aquello que tenemos valga cada vez más.

Y en unas islas limitadas en territorio, pero rodeadas por un océano inmenso, esa puede ser una de las grandes oportunidades económicas de nuestra generación.

VICTOR PORTUGUES CARRILLO

ECONOMISTA